el día en que cayó mi armadura

Desde hace casi un mes he asistido al curso de liderazgo, en el cual he aprendido qué son los eneagramas (de ahí que me pase el día diciendo números del 1 al 9 y desconcierte al personal…) y actualmente me encuentro ampliando mis conocimientos en metalenguaje (PNL).
Además de prepararme para el mundo laboral, este curso también me ha permitido conocerme mejor y ver qué demonios me estaba pasando.

Durante el mes de septiembre viví un infierno y hasta la semana pasada lo achacaba todo al hecho de estar cursando unos estudios que no me motivan.

Gracias al curso, aprendí que estaba dirigiendo la culpa al lugar equivocado y que la única responsable de mi estrés, nervios y sobretodo malestar era yo misma. El coach se limitó simplemente en aplicarme metalenguaje y en reflejarme mis propios miedos.

Se limitaba a hacerme preguntas (sin tocar temas personales) y haciéndome reflexionar en mis emociones en aquel momento antes de responder. Descubrí un fallo en mi mecanismo de defensa que él supo captar des del primer momento: ante una pregunta o comentario que me hace sentir mal, mi reacción es contestar lo más rápido posible para quitarme de encima el problema, al igual que hago en la vida real con los problemas (reacciono rápido, a veces incluso impulsivamente, lo cuál hace que a veces no acierte con la respuesta y que el problema se vuelva a manifestar, entrando de esta manera en un círculo vicioso que me acaba cansando a nivel psíquico y físico).

El hecho de hacerme reflexionar en mis propias emociones, las cuales habían sido escudadas para evitar sentir dolor y mostrarme fuerte ante los demás, acabó haciéndome reventar.

Una de mis peores pesadillas sucedió por culpa de mi orgullo.

Quería que el coach dejara de presionarme, pero al mismo tiempo me negaba a decirle que parara, porque eso para mí era como decir “me rindo” y por consiguiente mostrar debilidad ante mis compañeros. Quería demostrar que era un témpano de hielo inamovible, lo cual me llevó a una reacción totalmente contraria a la que yo quería.

Acabé llorando delante de todo el grupo.

Al hacerlo me sentía débil, vulnerable, frágil… Me daba cuenta de que estaba temblando y me sentía incluso peor por el hecho de ser consciente de que no me habían tocado ningún tema delicado y no obstante, allí estaba, llorando como una magdalena delante de colegas del curso. Me sentí estúpida y al mismo tiempo a pesar de que el coach y los compañeros me decían que era todo lo contrario, no podía evitar que mi mecanismo se activara e intetara por todos lo medios detener el llanto.

A pesar de que fue algo rápido, estuve un par de días pagando las consecuéncias de aquel estado y reflexionando sobre todo lo que había pasado.

Mi conclusión ha sido que tenían razón. Tirar la armadura y mostrarte tal y como eres es lo más valiente que puedes hacer, ya que demuestras que no tienes miedo de quien tienes delante.

Al mismo tiempo también comprendí porqué a pesar de que me sea relativamente fácil conectar con la gente, a veces noto cierta distancia: me ven fría.

Y por último y para mi muy importante, descubrí que lo que me pasó en septiembre no era un trastorno psicológico, sino se trataba simplemente de que iba sin rumbo y estaba empleando mi propia energía en mi contra.

Soy consciente que me queda aún mucho camino para recorrer y desde luego aunque sea duro lo voy a hacer, pero reconozco que la experiencia fue valiosa. Una vez se sabe en qué falla uno, se puede buscar solución.

A alguien más le ha pasado esto alguna vez?

 

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