Aprendiendo a conducir vol.1

Y el día llegó, por fin empecé las prácticas de conducción.
Lo recuerdo como si fuera ayer… Era un lunes por la mañana, el sol lucía, me rechinaban los dientes por el frío y estaba bajando hacia el metro a ritmo de “voodoo people” de Prodigy y Pendulum porque una vez más llegaba tarde.
Durante el trayecto del metro, intenté imaginarme durante los primeros 2 minutos cómo seria el pobre desgrac… eh… digo profesor que tendría que instruirme en el arte de la conducción (y digo durante los dos primeros minutos porque acto seguido me quedé frita hasta que tuve que hacer transbordo).
Al llegar al punto de encuentro con el profe, me entró pánico.
No es que tuviera pintas de expresidiario, ni que tuviera una forma de saludarme como mi adorado sr. Eastwood (cuando sea mayor quiero ser o como él o como la Thatcher), sino porque era un hombre algo mayor y me preocupaba que padeciera del corazón…
Ya me veía al pobre diablo en pleno infarto, a mi metida en plena Diagonal con ese cacharro infernal a toda leche atropellando a toda alma que se cruce ante mi, ríete tu del Grand Theft Auto
Tras saludar y confiar en el temple de aquel hombre, permanecí callada mientras me explicaba cómo iban los asuntos mecánicos (cambio de aceite, de refrigerante y del agua, en lo cual el hombre se esmeró más de la cuenta para evitar que en un futuro hiciera salir un geyser si el examinador me pedía mirarla… ).
También me contó como cambiar la rueda del coche, aunque gracias a Thor no me hizo hacerlo, de lo contrario y dada mi “hercúlea” fuerza, aún estaría allí postrada destornillando…
Parecía que eso del coche se me daba bien… hasta el día de hoy…
Nada más llegar el buen hombre me ha hecho dejar los cacharros atrás, abrigo incluido y enfrentarme al volante. He descubierto que conducir tiene un efecto laxante, oiga!
Tras sentarme tras el volante, me ha comentado como funcionaba el juego de pedales y cómo iba el tema.
Debo confesar que al principio mi forma de conducir hubiera hecho las delicias de cualquier metalero… El coche renqueaba de lo lindo, motivo por el cual de no haber sido por los nervios, me hubiera puesto a cantar  el estribillo de “carry on” de los Manowar.
En mi defensa debo decir que el coche solo se me ha calado 2 veces y eso si, el buen hombre me ha advertido en varias ocasiones que dejara de apretar el volante con tanta fuerza. Supongo que debido a mi estado nervioso, mi cerebro ha interpretado que para que el coche arranque debo: presionar el embrague, luego poner la marcha, presionar el pedal del gas suavemente y… no soltar el volante de lo contrario el coche se autoinmola!
Por más que el buen hombre probaba de hacerme coger el volante con menos fuerza no ha podido, al igual que tampoco he podido evitar poner cara de gilipuertas mientras conducía (he notado hasta que se me secaba la boca… como cuando voy a los cines 3D).
También debo reconocer que desde hoy admiro y respeto a los estrábicos y sobretodo a los camaleones. Ojalá esta mañana hubiera sido Leticia Sabater. Lo últil que me hubiera resultado mirar al frente con un ojo y con el otro a los retrovisores y no tener que ir mirando a todas partes frenéticamente.
Debo admitir también que tras la experiencia de ponerme tras experiencia de ponerme tras el volante, me han quedado ganas de más, supongo que se debe a mi tendencia masoquista (recordemos mi afición a hacer potrocientas actividades a la vez y luego sufrir por estrés y al mismo tiempo pasarlo bien… ).
Veremos qué me espera mañana pero en mi defensa debo decir que los resultados se mantienen:

– conservo todos mis piños
– el profe sigue sin haber padecido ningún infarto
– no ha habido ninguna baja civil

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2 thoughts on “Aprendiendo a conducir vol.1

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